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Carlos Alcaraz no había disputado un partido oficial de individuales desde hacía más de cuatro meses. Para un jugador que vive del ritmo, el instinto y aceleraciones a veces absurdas, su estreno en el US Open tenía, por tanto, todo el aspecto de un examen médico a gran escala. El veredicto es claro: victoria por 6-4, 6-4, 6-4 contra Roman Safiullin, ningún set cedido y, sobre todo, un brazo que resistió.
Un regreso serio, no un recital
Alcaraz encaró el partido por el camino correcto, sin intentar convertir su regreso en una demostración permanente.
El marcador da una impresión de control, y no es falsa. Alcaraz encaró el partido por el camino correcto, sin intentar convertir su regreso en una demostración permanente. Ante Safiullin, 99.º del mundo, el español hizo sobre todo lo que debe hacer un favorito en primera ronda: imponer la suficiente presión para no permitir que el rival crea durante mucho tiempo en la posibilidad de abrirse paso.
Hubo puntos espectaculares, por supuesto. En Alcaraz, incluso los ajustes a veces parecen extractos de un tráiler. Pero lo más importante estaba en otra parte. Tras una ausencia relacionada con una lesión en la muñeca, tenía que comprobar su capacidad para golpear relajado, defender en los ángulos y soportar las secuencias largas sin tensarse.
Safiullin tuvo sus momentos, especialmente con el servicio, con más aces que su rival. Sin embargo, no logró instalar una verdadera incertidumbre. Alcaraz jugó mejor los puntos de break, sostuvo mejor sus juegos de servicio delicados y mantuvo suficiente margen para terminar en tres sets.
La muñeca, en el centro de todo
El dato principal de esta victoria no es solo el resultado. Es el estado físico mostrado por Alcaraz. Jugó con una protección visible en el brazo y sacó con cierta prudencia, pero las señales fueron alentadoras. Su golpe de derecha recuperó velocidad, sus desplazamientos no mostraron una limitación evidente y su lenguaje corporal se mantuvo positivo.
El contexto importa. Volver en un Grand Slam, sobre pista dura, en Nueva York, sin muchas referencias competitivas, no es exactamente una vuelta tranquila en el club de la esquina. La pista Arthur-Ashe lo amplifica todo: las expectativas, los ruidos, las pequeñas dudas. Alcaraz atravesó ese ruido con una sobriedad bienvenida.
No necesitó ser perfecto. De hecho, es una buena noticia. Un regreso demasiado brillante puede ocultar fragilidades; este mostró a un jugador aplicado, todavía en fase de ajustes, pero ya capaz de ganar con solvencia contra un rival peligroso si se enciende.
Una defensa del título iniciada con método
Como vigente campeón, Alcaraz llega a Nueva York con un estatus particular. No solo retoma la competición: defiende una corona, puntos y un lugar en una jerarquía masculina en la que cada alerta física pesa mucho. Su primera ronda no responde a todas las preguntas, pero ya cierra la más urgente: sí, puede volver a disputar un partido completo al mejor de cinco sets sin hacer una mueca en cada aceleración.
Lo que viene exigirá más. Las rondas siguientes pondrán a prueba su resistencia, su servicio, su capacidad para encadenar esfuerzos y recuperar sus automatismos en los momentos asfixiantes. En esta fase, el objetivo no es prometer una quincena triunfal. Es constatar que su US Open existe de verdad y que ya no parece un regreso bajo vigilancia permanente.
Para el torneo, es una excelente noticia deportiva. Un Alcaraz operativo cambia el peso del cuadro. Para sus rivales, es un recordatorio bastante sencillo: incluso después de un largo parón, el español no necesita mucho espacio para volver a ser incómodo de jugar.